Buena actuación de van de Couter para un texto algo perimido.
Autor: David Drake
Actúa: Javier Van de Couter
Dirección: Martín Alomar
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El gran atractivo de esta puesta en
escena de la obra de David Drake es la notable actuación de
Javier van de Couter. Sin entrar en lugares comunes,
componiendo a su personaje con una naturalidad sorprendente, el actor realiza un
verdadero tour de force de texto, gimnasia y meneos corporales para
reflejar lo que ocurre en la mente y la vida de un adolescente que se reconoce
homosexual y disfruta de ello. Sin mucho convencimiento en el principio, aunque
creciente durante el transcurso de la representación, con la precisa marcación
de Martín Alomar, van de Couter cumple con la premisa de esta
historia lindante con la realidad, aunque quien sabe si tan perturbadora como lo
fue en ocasión de su estreno, hace 17 años.
El mentado Larry Kramer del título no es
una fantasía sino el nombre real de un autor y escritor norteamericano,
activista gay embanderado en la lucha contra el SIDA. En este juego, el
protagonista cuenta los avatares que lo llevaron a enamorarse de él, junto a
otros relatos en los que va descubriendo no sólo la sexualidad sino el verdadero
sentido de su vida. La iluminación y la música acompañan muy adecuadamente el
enardecimiento en su búsqueda por discotecas, gimnasios y ciertos lugares
non sanctos en aras de encontrar la paz y el amor necesarios para la
justificación de la existencia. Es interesante la estética lograda con su sombra
proyectada sobre una brillante pantalla, mientras se producen los cambios de
ropa que añaden el clima propicio, así como la bermeja escena de la discoteca
que contrasta con el calmo final rebosante de velas. El beso de Larry Kramer -al
igual que el de la Mujer Araña- ha dejado de ser irritante en nuestros días,
aunque siempre invite a reflexionar sobre la tolerancia y la comprensión entre
seres humanos, que pueden modificar una actitud en aras de las libertades
individuales. Martin Wullich